LOS MEDIOS; LA DIRIGENCIA Y LA MANCHA VENENOSA DE LOS PROFETAS DEL ODIO

Suele decirse que los periodistas somos los únicos profesionales que completamos nuestra formación en público. Esta es una afirmación que en el ejercicio de esta actividad puede reconocerse como válida toda vez que la riqueza de la realidad supera ampliamente a la capacidad que hayamos conseguido hasta el momento. Eso nos obliga a incorporar continuamente conocimientos aportados por la comunidad en distintos temas que no son de nuestro dominio y de hecho nos colocan en el plano de la ignorancia, parcial o total, de tales o cuales asuntos. Ubicándome en ese sitio, rogaría que algún pensante me ilustrara porque y que objetivos persiguen esos medios periodísticos  que se empeñan en reproducir en espacios destacados, las declaraciones o actividades escatológicas de ciudadanos, dirigentes o funcionarios, tan despreciables e insalubres para nuestra sociedad.

Hay mucha gente -una gran mayoría- que quiere vivir en paz, armonía y sana convivencia y que está convencida de que el ejercicio de estas virtudes es el único y exclusivo camino para construir la dignidad de nuestro país, de nuestra Nación y de una patria que nos emocione más allá del sentimiento auténtico que nos embarga en ocasiones especiales.

Confieso mi ignorancia y pregunto a medios y periodistas: cuál es el criterio profesional que los guía a proceder con tanta insensatez y los conduce a amplificar la violencia y el odio que expulsan de sus fauces malolientes la señora Bonafini; D’ Elia; Pata Medina; Caballo Suarez; De Vido; Grabois, Moyano y demás personajes sin autoridad moral; inhabilitados éticamente y detestados socialmente.  Son los mensajeros del odio y ruines protagonistas de hechos inéditos de corrupción de los que el planeta se hizo eco mientras un gran sector de jueces, convertían sus despachos en laboratorios de alquimia en cuyos alambiques y  retortas pusieron todo el esmero en transmutar el cumulo de pruebas irrefutables en material descartable para construir impunidad. No lo consiguieron porque sus filtros y coladores no consiguieron destilar las evidencias categóricas acopiadas por la investigación periodística y abonada por testimonios incontestables.

A esta altura de los acontecimientos la pregunta es: ¿no sería bueno que los medios que reproducen estas exasperantes, dañinas y viles expresiones de tan nefastos personajes, revisaran autocríticamente este plano de sus líneas editoriales?.

Cuanto menos, se puede estimar que, conforme estos antecedentes, deberían considerar si esta cuestión se acomoda dentro del marco de la ética periodística o el compromiso y la responsabilidad ciudadana.  

Hace poco más de cuarenta años que ejerzo el periodismo y, como a muchos de mis colegas, seguro les ocurrirá, hay ocasiones especiales en las que en nuestro  propio interior suelen colisionar el periodista y la persona y de este trance resulta una u otra reacción. En este caso en particular, he optado por otorgarle preponderancia a la persona. Desde ese sitial y como ciudadano argentino me permito realizar este cuestionamiento porque estoy persuadido de  que se cuentan por millones los habitantes de este vejado y tantas veces estafado pueblo argentino, que estamos hartos, hastiados y violados por tanta estupidez, tanta miserabilidad, mediocridad e injusticia.

El tejido social está infecto y el periodismo y sus medios pueden y deben contribuir a su sanación relativizando y desactivando los envíos de los profetas de la abominación. No es menor lo que debería hacer la mayoría de la dirigencia política y sindical vernácula que, al no reprobar, otorga y al otorgar se convierte en cómplice de estos desbordes excrementicios. Insisto, hay un tejido social enfermo que necesita asistencia aquí y ahora. Inyectar anticuerpos es una tarea ineludible e inexcusable para evitar una septicemia que, al ritmo que vamos, más temprano que tarde, nos reunirá en las exequias de la Republica.-

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